
La canasta alimentaria registró un fuerte incremento durante el primer trimestre del año en distintos distritos del Gran Buenos Aires.
Por Florencia Belén Mogno
La inflación volvió a instalarse como una de las principales preocupaciones de los hogares bonaerenses, especialmente en los sectores populares donde el peso de los alimentos dentro del presupuesto familiar resulta determinante. Lejos de mostrar una desaceleración sostenida, el aumento de precios volvió a acelerarse y el impacto se reflejó con mayor crudeza en la mesa cotidiana.
En los comercios de cercanía del conurbano, la suba de productos básicos como carnes, verduras, harinas y aceites comenzó a profundizar una realidad que ya venía deteriorándose desde el año pasado. La diferencia entre los ingresos y el costo real de sostener una alimentación mínima volvió a ampliarse y cada compra diaria se transformó en un desafío mayor para miles de familias.
El encarecimiento de la canasta básica no solo expuso la pérdida de poder de compra, sino también una transformación en los hábitos de consumo. Muchas familias debieron reducir cantidades, reemplazar productos o directamente resignar alimentos esenciales para poder sostener otros gastos inevitables como servicios, transporte o alquiler.
En el documento al que accedió Diario NCO, se detalló que la inflación acumuló once meses consecutivos sin desaceleración, consolidando un cambio de tendencia respecto del primer semestre de 2025.
Una canasta cada vez más difícil de sostener
En sintonía con lo planteado, desde el 1,5 por ciento registrado en mayo del año pasado, el Índice de Precios al Consumidor mostró una suba sostenida que volvió a impactar de lleno en los sectores de menores ingresos.
En 20 distritos del conurbano bonaerense, los 57 productos que integran la Canasta Básica de Alimentos aumentaron un 14,07 por ciento durante el primer trimestre de 2026, una cifra superior a la inflación general medida en ese mismo período. El dato reflejó una diferencia importante entre el promedio estadístico y la realidad concreta de los hogares populares.
Según el relevamiento del Instituto de Investigación Social, Económica y Política Ciudadana (Isepci), una familia compuesta por dos adultos y dos niños pequeños necesitó en marzo $646.281,02 para cubrir únicamente los alimentos básicos y no caer por debajo de la línea de indigencia.
El costo de no caer en la pobreza
A su vez, el reporte indicó que, tres meses antes, en diciembre, esa misma familia necesitaba $566.541,11 para cubrir la misma canasta alimentaria, lo que significó un incremento cercano a los $80 mil en apenas un trimestre. En la comparación interanual, la suba alcanzó el 38,36 por ciento, una cifra que reflejó el deterioro constante del ingreso real.
La situación fue aún más compleja al observar la Canasta Básica Total, que contempla además otros gastos indispensables para no caer bajo la línea de pobreza. En marzo, una familia tipo necesitó $1.454.132,43 para cubrir esos consumos esenciales, cuando un año antes requería poco más de un millón de pesos.
Este incremento del 36,54 por ciento confirmó que la presión inflacionaria no se limitó a productos aislados, sino que afectó de manera estructural la economía doméstica y volvió más frágil la capacidad de planificación de los hogares.
Los alimentos que más aumentaron
Entre los productos con mayores incrementos aparecieron alimentos de consumo frecuente en los sectores populares. El kilo de zanahoria encabezó la lista con una suba del 52,04 por ciento, seguido por la mermelada de 500 gramos con 27,31 por ciento, la banana con 23,21 por ciento, la harina de trigo con 21,51 por ciento y el aceite de mezcla de 900 ml con 20,02 por ciento.
También se registraron aumentos significativos en el pescado, el puré de tomate, la papa, la carnaza y los fideos guiseros, todos productos que forman parte habitual de la alimentación cotidiana. La combinación de estos incrementos dejó en evidencia que incluso las compras más básicas comenzaron a requerir un esfuerzo económico mayor.
La persistencia de estas subas también modificó la organización del consumo familiar, obligando a priorizar lo urgente por sobre lo necesario y generando una sensación de inestabilidad permanente frente a cada nueva visita al supermercado o al almacén del barrio.
La carne, por encima de la inflación general
Uno de los rubros que más presión generó sobre el bolsillo fue nuevamente la carne vacuna. Según datos del Instituto de Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA), durante marzo los cortes vacunos aumentaron en promedio un 10,6 por ciento en el Área Metropolitana de Buenos Aires, muy por encima de la inflación estimada para ese mes.
La carne ya venía registrando aumentos superiores al IPC desde octubre de 2025 y acumuló desde entonces una suba del 35,9 por ciento, mientras que la inflación general del mismo período rondó el 14,1 por ciento. Esta diferencia profundizó el cambio en los hábitos de consumo y empujó a muchas familias a reemplazar la carne vacuna por pollo o cerdo.
Sin embargo, incluso esas alternativas comenzaron a mostrar fuertes aumentos. En marzo, el pollo subió 10,9 ciento y el cerdo 6,3, aunque ambos mantuvieron una evolución menor en el acumulado anual frente a los cortes vacunos, que alcanzaron una variación del 68,6 por ciento en los últimos doce meses.
El encarecimiento sostenido de los alimentos volvió a dejar en evidencia que la inflación no se percibe solamente en los índices oficiales, sino en cada compra cotidiana. En los barrios del conurbano, la preocupación ya no pasa por ahorrar, sino por sostener lo básico y evitar que la comida vuelva a convertirse en un privilegio.
Fuente fotografías: redes sociales.
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