
En Argentina, se estima que entre el 1 y el 1,5% de la población convive con esta condición neurológica. Los avances en tratamientos mejoraron el control de las crisis, pero persisten desafíos en el acceso, la información y la inclusión social.
Por Florencia Belén Mogno
La epilepsia se consolidó como una de las enfermedades neurológicas crónicas más extendidas a nivel global, aunque todavía persisten importantes niveles de desconocimiento en torno a sus características. Se trata de una condición compleja, que no responde a una única causa ni se manifiesta de la misma manera en todos los casos, lo que dificulta su comprensión social y su abordaje integral.
En términos médicos, la enfermedad se caracteriza por la aparición de crisis provocadas por una actividad eléctrica anormal en el cerebro. Estas pueden adoptar formas diversas, desde episodios breves de desconexión hasta convulsiones más evidentes, según las áreas cerebrales comprometidas. Si bien su incidencia resulta mayor en la infancia y en adultos mayores, puede presentarse en cualquier etapa de la vida.
A pesar de los avances científicos, el impacto de la epilepsia no se limita a lo clínico. Las personas que conviven con esta condición enfrentan, en muchos casos, dificultades vinculadas al aprendizaje, al desarrollo cognitivo y a su inserción social. A esto se suman prejuicios y estigmas que condicionan su vida cotidiana, tanto en el ámbito educativo como en el laboral.
Avances en tratamientos y nuevas estrategias terapéuticas
En ese sentido y de acuerdo con la información a la que accedió Diario NCO, un informe en el que participóel Hospita IItaliano de San Justo, en La Matanza, millones de personas en el mundo viven con epilepsia, con una mayor concentración en países de ingresos medios y bajos.
En Argentina, la enfermedad alcanza a un porcentaje significativo de la población, lo que evidencia la necesidad de fortalecer políticas públicas orientadas a su diagnóstico, tratamiento e inclusión.
En ese contexto, especialistas destacaron que en las últimas décadas se registraron importantes avances en el campo terapéutico. La incorporación de nuevos fármacos permitió mejorar la precisión de los tratamientos y adaptarlos a las necesidades específicas de cada paciente, lo que favoreció un mejor control de las crisis en la mayoría de los casos.
Según señalaron profesionales de la salud, entre el 60 y el 70 por ciento de las personas con epilepsia lograron estabilizar su cuadro mediante tratamiento farmacológico, en algunos casos durante períodos prolongados. Este escenario reflejó una evolución significativa en comparación con etapas anteriores, donde las opciones terapéuticas resultaban más limitadas.
Sin embargo, en un porcentaje menor de pacientes, las crisis no respondieron adecuadamente a los medicamentos convencionales. Estos cuadros, conocidos como epilepsia farmacorresistente, requirieron la implementación de estrategias adicionales como cirugías específicas, estimulación del nervio vago, dietas terapéuticas o el uso de nuevas terapias dirigidas.
Desafíos sociales y la importancia de la información
En los casos más complejos, algunas intervenciones quirúrgicas se presentaron como alternativas posibles para mejorar la calidad de vida de los pacientes. Entre ellas, la hemisferectomía surgió como una opción para epilepsias severas, basada en la capacidad del cerebro de reorganizarse y adaptarse a nuevas condiciones.
A nivel internacional, distintas iniciativas impulsaron un enfoque más integral de la enfermedad, con el objetivo de mejorar tanto el acceso a tratamientos como la inclusión social. En esa línea, se promovieron estrategias orientadas a reducir la brecha entre los avances científicos disponibles y su aplicación efectiva en la vida cotidiana de las personas.
Uno de los principales desafíos identificados radicó en la persistencia de desigualdades en el acceso al diagnóstico y a terapias especializadas. A pesar de contar con herramientas que permitían controlar la enfermedad en un alto porcentaje de casos, muchos pacientes aún enfrentaban barreras para recibir atención adecuada.
En ese marco, especialistas y organizaciones coincidieron en la necesidad de fortalecer la información pública sobre la epilepsia y promover entornos más inclusivos. La difusión de conocimientos básicos, tanto sobre la enfermedad como sobre cómo actuar ante una crisis, se presentó como una herramienta clave para reducir el estigma y mejorar la calidad de vida de quienes conviven con esta condición.
Fuente fotografías: redes sociales
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