Edición N° 9151
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“El río Matanza era cristalino y lleno de vida”

Alejandro Enrique. “El río Matanza era cristalino y lleno de vida”.
Alejandro Enrique. “El río Matanza era cristalino y lleno de vida”.

Mucho antes de que el río Matanza quedara asociado a los problemas ambientales que atraviesan al distrito, sus aguas eran un punto de encuentro durante los meses de verano. La zona rural y los cursos de agua funcionaban como espacios de descanso para distintos sectores sociales, aunque el acceso a esas actividades fue cambiando a medida que nuevos actores comenzaron a incorporarse a la vida económica y social.

Por Giuliana Salmonte Siciliano
Gmail: giulianasalmontesiciliano@gmail.com

El historiador y periodista matancero Alejandro Enrique explicó que, durante el siglo XX, las familias de mayores recursos tenían una posición privilegiada para acceder al
tiempo libre y a los lugares de recreación. “Las clases más acomodadas, las familias patricias, la oligarquía tenían el dinero y el tiempo y todos los bienes materiales para
realizar esto”, señaló.

En La Matanza, una de las alternativas para pasar los veranos estaba vinculada con el río Matanza. En una época en la que todavía no existían los artefactos y comodidades actuales para combatir el calor, las zonas rurales y cercanas al río se transformaban en espacios de descanso. El historiador remarcó además que el Matanza presentaba características completamente diferentes: “Era un río que estaba absolutamente cristalino hasta la década del ‘60”.

El acceso al río también tenía sus propias reglas. Enrique recordó que en 1937 existían sectores diferenciados para hombres y mujeres. La práctica formaba parte de una
época en la que las familias más acomodadas podían trasladarse hacia espacios de descanso ubicados en las zonas rurales del conurbano.

Sin embargo, durante las décadas siguientes esa escena comenzó a transformarse. A partir del ‘40, los trabajadores empezaron a ocupar un lugar diferente en la vida
económica y social del país y también comenzaron a reclamar el derecho al descanso.

“Ya habían alcanzado salarios dignos, tenían acceso a un buen plato de comida, algunos tenían su propia vivienda, pero había tiempo libre y algo de dinero para hacer algo más”, sostuvo. Ese cambio permitió que el ocio dejara progresivamente de ser una práctica exclusiva de las familias de mayores recursos.

El río ofrecía entonces condiciones que favorecían la pesca y poder bañarse. Según Alejandro, tenía peces, sus aguas eran cristalinas, mansas y de poca profundidad. El acceso era libre y permitía que distintas familias pudieran disfrutar de un espacio natural sin necesidad de realizar grandes gastos.

Otro de los puntos que adquirió popularidad fue La Salada, en Villa Celina. En 1943 se construyó allí una gran pileta de agua salada, extraída de la napa, que rápidamente se convirtió en un lugar de referencia para quienes buscaban pasar el verano o disfrutar de un fin de semana. El complejo contaba con grandes piletas y un parque que recibía a numerosas personas durante el verano.

En el sur del distrito también se desarrolló otro importante punto de recreación. El arroyo Morales, ubicado sobre la Ruta 3 como límite entre González Catán y Virrey del Pino, se convirtió desde la década del ‘40 en un verdadero epicentro turístico.

El Parque Paso Morales contaba con espacios para acampar a ambos márgenes del arroyo y el camping era público y gratuito. Hasta allí llegaban no solamente vecinos de
La Matanza, sino también personas provenientes de Capital y distintos puntos del conurbano.

Enrique recordó que algunos llegaban en automóvil, mientras que otros utilizaban el colectivo 188 —actual 88—. También existían micros contratados especialmente para trasladar visitantes. El movimiento era tal que el arroyo Morales se convirtió en uno de los lugares de recreación más importantes de la zona.

La actividad generó además un movimiento comercial alrededor del lugar. A fines de la década del 40 comenzó a desarrollarse el barrio Los Álamos, del lado de Virrey del
Pino, con proveedurías, baños y espacios de camping. “Se empezó a explotar comercialmente el tema de la cantidad de gente que iba”, explicó el historiador.

Para Enrique, esta transformación formó parte de un fenómeno más amplio. Incluso Mar del Plata había sido hasta la década del 40 un destino asociado principalmente a
las familias de élite. La incorporación de los trabajadores a la vida pública, al consumo y al tiempo libre modificó ese escenario.

Ese paisaje comenzó a cambiar con el avance de la actividad industrial. Durante la década del 60 se instalaron frigoríficos en distintos sectores de la zona y, aunque Alejandro Enrique diferenció sus efectos sobre el río Matanza y el arroyo Morales, señaló que una descarga proveniente de un frigorífico ubicado en la zona de Merlo y Pontevedra terminó afectando al curso de agua y la fue descomponiendo.

Los antiguos veraneos de las familias patricias

Antes de que los trabajadores comenzaran a ocupar los balnearios y espacios de recreación, el acceso al descanso estaba fuertemente marcado por las diferencias económicas: las familias patricias eran las que podían trasladarse desde Capital y disponer de lugares específicos para pasar los veranos.

En ese contexto mencionó a la familia Escurra, que vivía sobre la calle Lavalle en Capital, que cuando esa calle se convirtió en peatonal, esta gente habría sido la única que conservó la posibilidad de ingresar con su automóvil.

Otro proyecto ligado a esa utilización de La Matanza como lugar de descanso surgió en 1911, cuando se planificó la construcción de entre 24 y 30 chalets en Gregorio de
Laferrere. Sin embargo, solamente llegaron a levantarse 12 viviendas debido a la crisis que comenzó con la Primera Guerra Mundial. El proyecto se frenó y Laferrere terminó
tomando otro rumbo, dejando atrás aquella idea inicial de convertirse en un lugar de residencia y descanso.

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