
Conurbano. A través de emprendimientos cerrados en el periurbano del distrito, la colectividad consolidó un modelo de residencia que desafió las formas tradicionales de ocupación del suelo.
Por Florencia Belén Mogno
La expansión de la mancha urbana en el partido de La Matanza experimentó transformaciones profundas durante las últimas décadas del siglo veintiuno. El crecimiento hacia el periurbano no solo estuvo marcado por la informalidad o los planes de vivienda estatal, sino por nuevas lógicas de mercado.
En este escenario, surgieron modalidades de residencia cerrada que buscaron brindar seguridad y estatus a sectores de la economía popular. Estos procesos reflejaron la complejidad de un territorio donde las identidades migrantes comenzaron a traccionar el desarrollo inmobiliario local con fuerza propia.
La ocupación de las zonas rurales y semirrurales del tercer cordón matancero respondió a una saturación de los centros urbanos más consolidados del distrito. Muchas familias pertenecientes a la colectividad boliviana, con inserción en el comercio y la horticultura, buscaron alternativas de vivienda fuera de las zonas densamente pobladas.
Esta búsqueda de suelo disponible se orientó hacia localidades como Virrey del Pino, donde la tierra aún conservaba características propias del campo. Allí, la inversión privada de origen migrante transformó parcelas productivas en nuevos proyectos residenciales con características de exclusividad y control.
El fenómeno de las urbanizaciones cerradas de la comunidad boliviana representó una ruptura con los prejuicios clásicos sobre la segregación urbana en el conurbano. A diferencia de los barrios cerrados de las élites tradicionales, estos emprendimientos mantuvieron una fuerte vinculación con las actividades económicas de sus propietarios en la región.
En ese sentido y de acuerdo con el material al que accedió Diario NCO, se presentóun informe sobre la consolidación de los barrios privados establecidos por la comunidad boliviana en La Matanza.
Un análisis sobre la ocupación del suelo en Virrey del Pino
El reporte de la investigadora Brenda Matossian, detalló que estos proyectos se localizaron estratégicamente en el eje de la Ruta Nacional N° 3. La investigación subrayó que estos barrios fueron promovidos y comercializados dentro de la propia colectividad residente en el área metropolitana. Los datos indicaron que la oferta se basó en la confianza comunitaria y en la necesidad de un entorno seguro para las familias.
El desarrollo del documento analizó cómo estos emprendimientos utilizaron figuras legales y comerciales para consolidarse en áreas de frontera agrícola dentro del partido. El texto explicó que la dinámica de comercialización se realizó principalmente a través de redes sociales y contactos directos entre miembros de la colectividad de distintos puntos.
Esta estrategia permitió que los lotes fueran adquiridos rápidamente por trabajadores del sector textil y comercial que buscaban una capitalización segura. La investigación de Matossian remarcó que estos barrios privados fueron espacios de ascenso social para sectores con fuerte identidad étnica.
Ampliando los datos del relevamiento se destacó que esta transformación generó tensiones con la trama urbana circundante, que solía ser de carácter abierto y con servicios deficitarios. Sin embargo, la inversión privada dentro de los muros garantizó infraestructura interna de la que carecían los barrios vecinos tradicionales del distrito.
Identidad migrante y capitalización en el mercado inmobiliario
Pir otra parte, el reporte permitió identificar que estos barrios funcionan como nodos de ahorro y seguridad para una clase media emergente de origen migrante. El informe detalló que la compra de terrenos en estos barrios cerrados representó, para muchas familias bolivianas, la culminación de un proceso de integración exitosa.
A su vez, la investigación explicó que la elección de La Matanza no fue casual, sino que respondió a la proximidad con los mercados y centros de abastecimiento donde operaban. De esta manera, el barrio privado se convirtió en un refugio residencial que no implicó el alejamiento de sus bases económicas territoriales.
Otro eje fundamental desarrollado en el análisis tuvo que ver con la estética y las prácticas sociales dentro de estas urbanizaciones cerradas del periurbano. El documento describió que, aunque la arquitectura imitó modelos de barrios privados tradicionales, las prácticas comunitarias mantuvieron rasgos propios de la cultura andina.
Según el texto, la organización interna de los consorcios reflejó formas de ayuda mutua y jerarquías propias de la colectividad boliviana en Argentina. Esta fusión entre el modelo de urbanismo cerrado y la identidad cultural generó un producto inmobiliario único que desafió las teorías clásicas de la planificación urbana.
Hacia un nuevo mapa de la desigualdad y el progreso local
Las consecuencias de este crecimiento hacia el periurbano fueron analizadas como un proceso de ocupación del último suelo disponible para la producción de alimentos en el partido. La autora sugirió que la transformación de quintas productivas en barrios cerrados puso en riesgo la sustentabilidad del cinturón verde que abastecía a la región.
El informe detalló que la presión inmobiliaria encareció el precio de la tierra, dificultando el acceso a la vivienda para los sectores que no pudieron entrar en estos esquemas de preventa comunitaria. Esta dinámica generó una nueva capa de complejidad en el mapa de las desigualdades que caracterizaron históricamente al oeste.
En conclusión, el estudio permitió visualizar una cara moderna y pujante de la colectividad boliviana en su relación con el territorio de La Matanza. La investigación demostró que el deseo de seguridad y progreso es transversal a todos los grupos sociales y que el mercado inmobiliario supo adaptarse a estas demandas.
Fuente fotografías: redes sociales. P
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