
LAS MINAS EN EL TANGO
Por Carlos Scavuzzo

En un país con 200 años de democracia, la presencia del tango por 140 años nos habla de un testigo privilegiado para el estudio sociológico de las conductas de aquellos que han vivido en una ciudad como Buenos Aires y alrededores, imponiendo tendencias y modos de relación social. Pero dos siglos después tenemos que mirar ese fenómeno llamado Tango en los diferentes contextos que transitó. Inevitablemente debemos tener muy presente que su origen está en la orillas, de la sociedad “culta”, en lupanares con hombres y mujeres inmersos en la violencia, el alcohol, la vida licenciosa con mujeres (minas) habituadas a la supervivencia en un mundo hostil y donde la desvalorización del género era moneda corriente.
Pero ese nacimiento que fue tomada por la urbe como curiosidad de niños bien, y muchas de sus letras se sumaron a las instalada discriminación y marginalidad hogareña y profesional de las mujeres. Pero todo eso es pasado, es parte de la vida social de nuestros abuelos y hoy nace un nuevo tango con las mujeres como protagonistas tal como lo vemos hoy donde desempeñan tareas de gran responsabilidad en todas las áreas.
Es inevitable tomar a ese enorme poeta que fue y es Enrique Cadícamo para entender el papel de la mujer en el tango, a través de su obra. Curiosamente ninguna de sus obras lleva el nombre de una mujer, pero si da una sentencia cuando dice:
las mujeres siempre son
las que matan la ilusión.
Además de esquematizar y dividir a las mujeres en dos grupos bien definidos cuando escribe
Pobre viejita la encontré
enfermita; yo le hablé
y me miró con unos ojos…
Acá, están patentes los extremos conceptuales que sobre la fémina tiene el tango. La mina que seduce al varón pero que en definitiva lo rechaza, porque elige una vida fácil, una vida de lujos y placeres, y su antítesis, la viejita (la madre), una mujer siempre buena y sagrada que lo apaña en la desgracia y le da un cariño sublime. En el medio, decenas de matices y combinaciones.
Pensá, pobre pebeta, papa, papusa,
que tu belleza un día se esfumará,
y que como todas las flores que se marchitan
tus locas ilusiones se morirán.
El “mishé” que te mima con sus morlacos
el día menos pensado se aburrirá
y entonces como tantas flores de fango,
irás por esas calles a mendigar…
Cuando dice: “sos apenas un embrión de carne cansada”, el autor utiliza una metáfora despiadada, dirigida a una jovencita en los comienzos de su vida licenciosa. Es un vaticinio terriblemente cruel pero, al mismo tiempo, original y muy descriptivo del pensamiento y la moral de la época. Tampoco, en este ejemplo, el hombre se escapa del embeleso ni de la frustración de no ser el dueño del amor de esa muchacha. Habla enojado y desilusionado no solo por ella también por su propia suerte.
Resulta obvio que los tangos elegidos corresponden a otras épocas, a otra Buenos Aires donde imperaba un machismo generalizado, con costumbres y valores —éticos y estéticos— muy distintos a los de nuestros días, pero tratándose de un tema universal que hace a la esencia de la condición humana, nos siguen conmoviendo



