Número de edición : 9033

Cultura

La historia sigue

La historia sigue.
La historia sigue.

La Historia sigue. Jabrellas se hospedaba en una pensión de la calle Maza. Vestíbulo, cocina, baño, retrete, corredores, once habitaciones, algunas pequeñas, una de las cuales, en el tercer patio, él arrendaba.

En ese último patio, en “la piecita del fondo”, que en realidad no era
más que un sucucho —al lado de “la carbonera”, habitáculo donde no se guardaba
carbón, sino trastos—, vivía Blanca, una copera a la que el hijo de la encargada,
ciclotímico de ocho años, le alcanzaba el desayuno pasadas las dos de la tarde. En ese
patio áspero había canteros, menta, hormigas y caracoles. “La piecita” no tenía ventana,
pero sí la de Jabrellas, seborreico cuarentón tirando a gordo, empleado del subte, línea
“A”. Calvo, con cara de luna abollada y el nacimiento de la barba muy marcado.

Servicial, cuando no dormía sus diez horas sagradas. Jabrellas, anticipado del estéreo,
en su día de franco nos inundaba de música clásica y Dajos Bela. La encargada solía
encarecerle que le cambiara los cueritos de las canillas. La pareja de la pieza frente a la
cocina, que les pasara alguno de sus tres discos, todos boleros, ya que ellos no disponían
de combinado. Los paraguayos, otros pensionistas, en una oportunidad, que les saliera
de testigo en un trámite ante un ministerio. Los de la habitación enorme que separaba
los dos primeros patios, lo reclamaron, en más de un domingo, para jugar al truco. Las
mellizas y el padre de las mellizas lo solicitaron por asuntos de electricidad. Otra vez, él
se ofreció para entablillarle provisoriamente una pata a Mini, la quisquillosa perrita
negra de Norma, la sufrida hija de la catamarqueña. También ayudó Jabrellas a correr
muebles, a baldear, a podar la parra. En las paredes de su pequeño cuarto exponía
fotografías enmarcadas de mujeres desnudas (pubis, aparte). Lindas fotografías:
artísticas. Como del Playboy de los años cincuenta. En su ropero, dentro de sobres
marrones, había muchas otras fotos con motivos similares. Cuando su madre y sus
hermanas caían a visitarlo desde Baradero, provincia de Buenos Aires, escondía los
cuadritos. Sólo con prostitutas mantenía escaramuzas eróticas a las que por períodos de
no más de noventa minutos cada quince o veinte días Jabrellas se entregaba. Le gustaba
pagarles y jamás pichuleaba. Parecía conforme con su régimen de veintidós, veintitrés o
veinticuatro encamadas anuales. Del bello sexo comentó en cierta expansiva
oportunidad, que observando a unas adolescentes en Gath y Chaves se le había ocurrido
la siguiente frase: “Todas las jovencitas son jóvenes”. Jabrellas tendía a sonreír, a
mostrarse correcto y mesurado. Los de la sala, el cabo de la policía y su concubina, no
lo saludaban. Abonaba el alquiler con puntualidad, usaba trajes, cepillaba con bríos su
dentadura. En Baradero, ni mientras cursaba el secundario ni cuando trabajó en la
forrajera tuvo novia. Y tampoco en la gran ciudad. Hasta que Blanca, su vecina de patio
y canteritos, se lo encuentra detrás de una ventanilla de la estación Loria, se fija en él y
algo conversan. El caso es que Jabrellas, así, desprevenido, se sorprende el diecinueve
de diciembre de mil novecientos cincuenta y ocho, invitándola a Blanca a tomar café en
un bar por Congreso, una hora después.

La historia sigue con que ahora están los dos en la pieza frente a la cocina, son
viejos, las fotos las vendió Blanca hace más de dos décadas al dueño de un boliche en
Lanús, Jabrellas es jubilado, en “la piecita del fondo” Blanca pinta vírgenes de plástico
y abonan el alquiler, tan módico, de la ex-pensión, en la que, con varias habitaciones
clausuradas, son sus únicos ocupantes.

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