Número de edición : 9027

Cultura

Juan Forn: Los Palabristas de hoy y de siempre

Juan Forn
Juan Forn

Estimados lectores:

GJuan Forn. racias por acompañarnos nuevamente con su lectura a través de NCO desde un sector de Los Palabristas de hoy y de siempre. Revista literaria que funde y dirijo desde el año 2001. La reseña biográfica de la semana es sobre Juan Forn (Buenos Aires5 de noviembre de 1959) es un escritortraductor y asesor literario argentino.

Por: Mónica Caruso. Tapiales

E-mail: monicaacaruso@hotmail.com

Su abuela, nacida en Gran Bretaña, y un vecino que durante su adolescencia le prestaba libros en inglés, determinaron su anglofilia. Los autores que traduce son siempre de este idioma.

El primer libro que publicó fue uno de poesía, en 1979, pero pronto se convenció que ese no era su género. Viajó a Europa y de regreso comenzó a trabajar en 1980 como editor, ​ primero en Emecé y después Planeta

(hasta 1995).

En 1994 fue invitado por el Woodrow Wilson International Center (Washington DC) para terminar su novela Frivolidad, que fue publicada en 1995. Posteriormente publicó Puras mentiras.

En 1996 creó el suplemento cultural Radar Libros del diario argentino Página/12, que dirigió hasta 2002. ​ Ese año “un coma pancreático lo tuvo al borde de la muerte. Los médicos le advirtieron que debía ‘aprender a parar antes de cansarse’. Él entendió. Se fue a vivir a Villa Gesell, localidad costera a 300 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires“,​ donde reside desde entonces.

Tiene, desde 2008, una columna semanal, que sale los viernes en la contratapa de Página/12. Ya ha editado dos libros con las crónicas que allí publica. Tiene otra —La tierra elegida— en la revista literaria colombiana El Malpensante.

En 2001 Página/12 editó cinco libros de Forn en formato económico.

En 2007 obtuvo el Premio Konex de Platino en la disciplina Periodismo Literario, otorgado por la Fundación Konex, y en 2017 el Diploma al Mérito del mismo premio.

En 2015 editó Los Viernes, una selección de sus contratapas en Página 12

Obras

Corazones cautivos más arriba, novela, 1987 (a partir de 2002 se ha reeditado como Corazones)

Nadar de noche, cuentos, Biblioteca del Sur, Planeta, Buenos Aires, 1991

Buenos Aires. Una antología de nueva ficción argentina, Anagrama, Barcelona, 1993

Frivolidad, novela, Planeta, 1995

Puras mentiras, novela, 2001

La tierra elegida, crónicas de El Malpensante, 2005

María Domeq, novela, Emecé, Buenos Aires, 2007

Ningún hombre es una isla, crónicas literarias, Emecé, 2010

El hombre que fue Viernes, crónicas, Página/12, 2011. Al año siguiente, la editorial chilena Los Libros Que Leo publicó con el mismo título una nueva versión que difiere de la argentina, de la que recoge algunos textos, así como otros de Ningún hombre es una isla y unos cuantos no incluidos hasta ahora en un libro.5

Los Viernes. Tomo uno, Emecé, Buenos Aires, 2015.

Fuente: Wikipedia

Fragmento

Un polaco de a pie

(Juan Forn)

Dos poetas polacos ganaron el Nobel, Czeslaw Milosz y Wislawa Szymborska, y los dos decían que eran tres los que lo habían ganado porque cuando se escriben los nombres de Milosz y Szymborska se escribe en tinta invisible el de Zbigniew Herbert. No hablaban del pasado; hablaban de un poeta que había empezado a escribir después que ellos. Milosz ya había soplado las velitas de los cincuenta cuando pasó sus dos primeros años de residencia en Estados Unidos traduciendo 99 poemas de Herbert al inglés. Traducir 99 poemas no es gentileza ni visita turística: es irse a vivir a la poesía de otro. Szymborska también lo hizo, a su manera; así lo dijo cuando le dieron el Nobel: “Cada vez que leí un poema de Herbert me senté a escribir”. Yo no sé polaco, pero desde el primer poema de Herbert que leí quiero irme a vivir ahí.

Hay un poema suyo llamado “Cinco hombres”: van a fusilar a cinco hombres sin nombre, ya los sacaron de la celda, ya los pusieron contra el paredón, ya les dispararon, ya están “cubiertos hasta los ojos de sombra”, pero en el eco de los disparos se alcanza a oír como en una nube de qué hablaron en su última noche (“de sueños proféticos, de una escapada a un burdel, de autos, de naipes, de chicas, de frutas”) y en el techo del paladar se siente el sabor metálico de un minúsculo pétalo de sangre que se va esfumando hasta desaparecer. Leer ese poema es ser testigo, ser uno de los fusilados y ser uno de los que aprietan el gatillo y se van. Herbert era jovencito cuando lo escribió; acababa de terminar la Segunda Guerra. La resistencia polaca tenía algo hermoso: hacía terminar sus estudios a los jovencitos que interrumpían el secundario para entrar en la clandestinidad. Había profesores, les tomaban examen y hasta les daban diploma cuando se graduaban, en los sótanos donde estaban escondidos. Así se recibió Herbert, y así quiso seguir estudiando cuando terminó la guerra.

Pero eran nuevos tiempos y había nuevas reglas. Se matriculó en economía porque fue lo único que le dejaron estudiar en la universidad, después cursó leyes, y cuando pudo se pasó a filosofía, y cuando pudo se las arregló para abstenerse de la mascarada reglamentaria y rendirle cuentas a un solo tutor, el venerable Henryk Elzenberg, con quien logró repetir la atmósfera de educación clandestina que lo había formado, hasta que un día le dijo: “No me interesa ejercer la filosofía como profesión; prefiero seguir padeciéndola como emoción”. A partir de entonces alimentó ratas en un laboratorio de vacunas contra el tifus a cambio de que lo dejaran dormir ahí, fue sereno de la Unión de Compositores de Varsovia, vendía su sangre cuando necesitaba plata, el único trabajo que le daban eran suplencias como maestro de escuela, porque en la resistencia había pertenecido al bando anticomunista y no quiso cambiar de opinión cuando Polonia quedó para los rusos después de la guerra.

No le importaba mayormente esa vida a salto de mata porque le permitía hacer lo que en realidad quería más que nada en la vida: viajar o, mejor dicho, pisar el pasado viajando, sentir en los pies los lugares donde habían sucedido los grandes momentos del espíritu que lo subyugaban. Y en la Polonia socialista, si convencías al Estado de que eras poeta, te daban una beca de un salario mínimo y un permiso para salir del país durante lo que te durara ese estipendio, el equivalente en zlotys de cien dólares actuales.

Con un poema llamado “Reporte desde el Paraíso”, Herbert logró engatusar a los cancerberos de la cultura, acceder a una de esas becas y salir por primera vez de Polonia (el poema: “En el paraíso la semana de trabajo es de treinta horas / los salarios aumentan y los precios bajan / y el trabajo manual no cansa por la falta de gravedad / al principio iba a ser diferente: pura luz, música, abstracción / pero no pudieron separar bien el alma del cuerpo / y empezamos a llegar con una gota de grasa, una hebra de músculo / y hubo que enfrentar las consecuencias / de mezclar un grano de absoluto con un grano de materia / la contemplación de dios es sólo para los cien por ciento pneuma / el resto está pendiente de comunicados sobre milagros e inundaciones / cada sábado al mediodía suenan las sirenas / y de las fábricas salen fumando los proletarios celestes / con sus alas bajo el brazo como violines”).

Así empezó a viajar. Para que los zlotys le rindieran más hacía esos viajes caminando y dormía donde lo agarraba la noche. Recorrió a pie, en escapadas de cien dólares a lo largo de los años, todo lo que pudo de Grecia, y después de Italia, y después de Francia y Alemania, y por fin de su último amor, Holanda. Después volvía y escribía poemas que trataban de acceder a la noche de Pascal y a la ira de Aquiles, al aburrimiento de los dioses y a la alegría del primer Pitecantropus dibujando con el dedo en las cuevas de Altamira, al lugar donde Prometeo se tocaba con Vermeer y Paracelso con Beethoven, y cada uno de esos poemas era como un fragmento de la conversación de aquellos fusilados la noche antes de morir.

Para las autoridades socialistas era un católico anticomunista, para los católicos wojtilistas era un pagano solapado, para los disidentes ateos era un enfermo de leyendas, para los nacionalistas a la violeta era un enemigo de la patria, para los jóvenes transgresores era un enemigo de la vanguardia. Herbert ya había decidido dónde vivía, desde dónde hablaba (“En la ciudad estalló la epidemia / del instinto de conservación / como monóxido de carbono impregna casas templos mercados / envenena los pozos cubre de moho el pan las estructuras de la mente / la prueba de la existencia del monstruo son sus víctimas / no es evidencia directa pero alcanza”). No le hizo mayor diferencia cuando cayó el Muro y se disolvió la URSS:

“Obtuvimos la independencia como un regalo de la Historia, no derramamos sangre por ella. Fue como si los comunistas dijeran un día: ‘No haremos más perradas, vamos a tomar un trago’, como le habla un polaco a otro. Nuestros mayores enemigos siguen siendo los de siempre: la hipocresía y la megalomanía, el narcisismo de los pobres de espíritu”.

En un poema llamado “Intento de Disolución de la Mitología” dice que los dioses se juntaron un día y decidieron abandonar el negocio y unirse a la sociedad racional para seguir tirando. A la caída de la tarde encaran hacia la ciudad con documentos falsos y un puñado de monedas de cobre en el bolsillo.

Cuando cruzan un puente, Hermes se tira al río pero nadie atina a salvarlo; están demasiado ocupados tratando de decidir si es un buen o mal augurio, como polacos en una taberna. Poco antes de morir, cuando Milosz y Szymborska ya eran Nobel, y Polonia llevaba diez años libre y el desvelo colectivo en las tabernas polacas era el ingreso a la Unión Europea, Herbert escribió: “Vivir es como tejer, hay que atar el hilo nuevo al viejo. Antes de descender a la tumba el sayo debe estar terminado. Ahí sabremos qué clase de sayo es, qué partes están mal hechas y cuáles quedaron mejor. Es importante lo que eso dice sobre la propia vida, así como sobre la sociedad en que esa vida transcurrió”.

Queridos lectores espero que les haya gustado este pequeño vuelo literario.

Todos aquellos interesados en publicar material de su autoría en la Revista Literaria Los Palabristas de hoy y de siempre. Deben enviar sus escritos como adjunto en Word a la dirección electrónica siguiente: E-mail: monicaacaruso@hotmail.com

Letra Arial 12. Título de la obra, nombre apellido o seudónimo.

Facebook: Revista literaria Los Palabristas de hoy y de siempre.

Que tengan felices fiestas

Hasta el próximo lunes.

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