
Los trastornos vinculados al consumo de sustancias se consolidaron como uno de los principales factores de riesgo de muerte y discapacidad en la región, con un impacto sobre los sistemas de salud y las comunidades.
Por Florencia Belén Mogno
En los últimos años, el consumo problemático de drogas se afirmó como una de las problemáticas de salud pública más complejas en América. Su crecimiento sostenido evidenció una mayor prevalencia de trastornos asociados al uso de sustancias como así también profundas desigualdades en el acceso a la prevención, el tratamiento y los servicios de cuidado integral.
El impacto del consumo de drogas trascendió el plano individual y alcanzó una dimensión social más amplia, con consecuencias directas sobre las familias, las comunidades y los sistemas sanitarios. La combinación de factores económicos, sociales y culturales, sumada a contextos de crisis prolongadas, configuró un escenario que favoreció el aumento de conductas de riesgo y la persistencia de consumos problemáticos.
Dentro de este marco, los organismos internacionales alertaron sobre la necesidad de abordar el fenómeno desde una perspectiva integral. La evidencia científica acumulada señaló que los trastornos por consumo de sustancias no solo resultaron prevenibles y tratables, sino que requirieron respuestas coordinadas que articularan políticas de salud mental, atención primaria y estrategias comunitarias sostenidas.
En ese sentido y según el material al que accedió Diario NCO, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) reveló que los trastornos por consumo de drogas se ubicaron entre los diez principales factores de riesgo que contribuyeron a la muerte y la discapacidad en las Américas
Una carga creciente de enfermedad y mortalidad
En relación con lo expuesto anteriormente, el estudio consultado señaló que en 2021, se estimó que 17,7 millones de personas en la región vivían con este tipo de trastornos, una cifra que reflejó la magnitud del problema.
Ese mismo año, casi 78 mil muertes fueron atribuidas de manera directa al consumo problemático de drogas, lo que representó una tasa de mortalidad cuatro veces superior al promedio mundial. A este impacto se sumaron otras afecciones asociadas, como enfermedades hepáticas, sobredosis y suicidios, que ampliaron la carga sanitaria vinculada al uso de sustancias.
En tanto, el reporte también explicó que los años de vida ajustados por discapacidad asociados a estos trastornos casi se triplicaron entre 2000 y 2021, con un incremento promedio cercano al cinco por ciento anual.
Este crecimiento sostenido posicionó al consumo de drogas al mismo nivel de riesgo que otros factores ampliamente reconocidos, como la hipertensión arterial, el sobrepeso, los riesgos alimentarios y el consumo de tabaco.
Sustancias, juventudes y desigualdades de género
Por otra parte, el análisis identificó que los trastornos por consumo de opioides concentraron más del 75 por ciento de las muertes relacionadas con el uso de drogas en la región. Sustancias como la heroína, los analgésicos recetados y, especialmente, los opioides sintéticos de alta potencia, como el fentanilo, explicaron gran parte de este fenómeno.
La carga más elevada se registró entre adultos jóvenes, con una afectación desproporcionada en varones. No obstante, el aumento de las muertes entre mujeres encendió nuevas señales de alerta, al evidenciar un cambio en los patrones de consumo y una necesidad creciente de enfoques sensibles al género.
Durante el período de la pandemia de COVID-19, los trastornos vinculados al consumo de opioides y anfetaminas mostraron incrementos significativos. El estrés social, el aislamiento y las interrupciones en los servicios de salud profundizaron vulnerabilidades preexistentes y contribuyeron al agravamiento de la situación en numerosos países.
Un mapa regional con realidades diversas
A su vez, el panorama del consumo problemático de drogas presentó diferencias marcadas entre subregiones. En América del Norte, el aumento más pronunciado se asoció a los opioides sintéticos y al consumo de anfetaminas, lo que configuró una crisis sanitaria de gran escala.
En contraste, en el Caribe, Centroamérica y Sudamérica, los principales contribuyentes a los trastornos por consumo de drogas durante la última década fueron el cannabis y la cocaína. Estas variaciones regionales pusieron en evidencia la necesidad de diseñar políticas públicas adaptadas a los contextos locales y a las dinámicas específicas de cada territorio.
Según las estimaciones del estudio, más de 145.000 muertes por diversas causas en 2021 se vincularon a afecciones atribuibles al consumo de drogas. Esta cifra reflejó el impacto indirecto del fenómeno y explicó su inclusión entre los principales factores de riesgo para la salud de la población.
Prevención, tratamiento y reducción de daños
Los resultados del informe señalaron brechas persistentes en la prevención, el acceso al tratamiento y la disponibilidad de servicios de reducción de daños en la región. Frente a este escenario, la OPS instó a los Estados a fortalecer las estrategias dirigidas a jóvenes y poblaciones en situación de mayor vulnerabilidad.
Entre las recomendaciones, se destacó la ampliación del tratamiento asistido con medicamentos para los trastornos por consumo de opioides, la integración de los servicios de salud mental y consumo de sustancias en la atención primaria, y el desarrollo de redes comunitarias de cuidado.
Asimismo, se subrayó la importancia de mejorar los sistemas de vigilancia epidemiológica para detectar tendencias emergentes, en especial aquellas relacionadas con los opioides sintéticos y el consumo combinado de sustancias, que incrementaron el riesgo de complicaciones graves y muertes evitables.
Fuente fotografías OPS.
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