Número de edición : 9007

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El kiosco Casa Andrea cumplió 53 años

Kiosko. El 15 de julio, Casa Andrea cumplió 53 años.

El pasado martes 15 de julio, el establecimiento ubicado en Avenida Don Bosco 4884, en Villa Luzuriaga festejó su 53° aniversario sin mucha fiesta, pero sí hubo muchos saludos y algún que otro regalo de los fieles compradores. Rubén es quien lo atiende hace ya 20 años y mientras pasaba algún que otro cliente, nos contó la historia.

Por Giuliana Salmonte Siciliano
Gmail: giulianasalmontesiciliano@gmail.com

Un kiosco ubicado en frente de un colegio, nada podía salir mal y menos si tiene más de 50 años. Mercedes fue la primera dueña, quien tuvo tres hijos con su marido y erán propietarios de casi toda la esquina de la avenida. Un día se cansaron de tener todo y de a poco Mercedes se fue poniendo grande.

En este momento aparece Nelson, hijo de la propietaria y amigo de Rubén, que estaba en otro momento de su vida y no quería hacerse cargo del kiosco. Por eso un día lo llamaron y le dijeron: “Mira, quiero vender el negocio y si hay alguien a quien se lo vendería es a vos porque sé que lo vas a cuidar”.

Ahí fue cuando Rubén dio un giro inesperado a su vida, cambió la arquitectura con la cual ya estaba bastante familiarizado por el kiosco, del cual no entendía nada, pero fue para adelante. De a poco le fue sumando cosas y modificando el lugar para sentirse más cómodo y a partir de ahí, comenzó su historia como kiosquero.

“En esos 20 años he visto pasar un montón de cosas y he pasado por un montón de cosas, desde presidencias, desde que de la Rúa se fue en helicóptero, la suba, la crisis de 2001, gripe A donde el colegio cerró y la pandemia. Vi pasar de todo acá y pese a todo, seguimos, con esfuerzo”, relató.

Para Rubén, desde hace 20 años, un poco subsisten gracias al Colegio Monseñor Solari que está justo en frente ya que, en sus principios abría los domingos a la tarde también porque se hacían otras actividades como fútbol o las misas, cosa que ahora ya no. Por eso, hoy en día trabaja de lunes a viernes desde las 6 de la mañana hasta las 19 de corrido.

El carisma y amabilidad de Rubén merece el amor que le dan los cientos de chicos que pasan por la vereda y los que salen del instituto, a lo que él se refirió como una amistad que se genera. A muchos no los recuerda porque ya son grandes, pero ellos si lo recuerdan a él. “Antes, con el viaje de egresados a Mendoza, cada contingente que iba de ese año me traía vinos. Así que creo que tan mal las cosas no hice”, recordó con emoción.

Sin embargo, remarcó que le gusta trabajar en el kiosco porque es tranquilo, es lindo y aparte lo disfruta mucho. Por eso considera que va a seguir hasta que se jubile dentro de aproximadamente seis años y luego, le quiere dejar el legado a su hija, pero sabe que se va a estar complicado por diferentes cuestiones de la vida.

“El kiosco tiene su historia”

Claramente el camino de Casa Andrea lo formó la gente, gente que perdura en el tiempo, que no se va, apesar de que pasen los años. “La gente que venía antes, después viene con los hijos y los nietos al colegio y pasan siempre por acá”, expresó Rubén.

La emoción en sus ojos de lo que generó durante años para muchos alumnos del Solari es inexplicable. Por eso tiene muy latente el que los egresados lleven a sus hijos y siempre le repitan la misma frase a sus sucesores: ‘Él me atendía cuando yo era chico’. A lo que Rubén se refirió como que “todas esas cosas son un mimo, por eso considero que tan mal no lo habré hecho”.

“La pandemia fue el momento más difícil”

Para muchos comerciantes, el Covid-19 fue un condicionante y el momento más difícil que les tocó vivir y dicho kiosco no se quedo atras. “Fueron dos años que no pude trabajar. En ese momento todo lo que se podía haber hecho, lo gasté y tuve que salir afuera de nuevo”, lamentó Rubén.

En ese momento, apareció un amigo que le ofreció trabajar en una constructora haciendo piletas de hormigón ya que él es arquitecto, y con eso estuvo un año y medio con lo que pudo mantener el negocio y su casa.

Y a medida de que fue abriendo el colegio por módulos, pudo volver a trabajar hasta que se normalizó, pero fue algo muy duro, según contó el kiosquero, ya que quedó con muchas deudas con el banco, pero por suerte pudo salir de todo.

“¿Para qué sacarle el nombre a algo que ya es conocido?”

Esa fue su pregunta cuando surgió la idea de cambiarle el nombre a Casa Andrea, pero se respondió a el mismo que ya es la marca y la gente lo reconoce por llamarse así. “Todos me preguntaban por qué no lo cambio y pongo mi nombre, pero todo el mundo lo conoce como Casa Andrea”, explicó Rubén.

Su idea era mantener vivo al kiosco así como es y como fue siempre para que las personas lo sigan eligiendo y el pueda seguir vendiendo. Aunque sabe que el cambio no iba a modificar su trabajo, tomo la decisión de dejarlo así para no cambiar el estilo y que la gente siga pensando que el negocio perdura.

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