Número de edición 8481
Ciencia y Tecnología

“Hoy la CNEA ha recuperado su horizonte”

El director del Instituto de Energía y Desarrollo Sustentable de la Comisión Nacional de Energía Atómi­ca fue entrevistado en exclusiva por TELAM. Nos habló de política energética, de la falta de pro­fesionales y de los riesgos y ventajas del uso de la energía nuclear.

— ¿Cómo llegó a la CNEA?

— Cuando me recibí de físico-químico, me fui al Centro Atómico de Bariloche con una beca del CONICET. Allí estuve trabajando en un desarrollo que se realizó con la empresa INVAP, sobre un tema de investigación que yo ya estaba desarrollando. Era sobre la obten­ción de circonio, el elemento básico con el cual se constru­yen las vainas que contienen el uranio dentro del reactor. Todo esto fue a mediados de los ’80.

— ¿Y cuál fue el resultado de aquel trabajo?

— Aquel trabajo me permitió doctorarme, pero también me permitió desarro­llar un perfil profe­sional influen­ciado por al am­biente cien­tífico y técnico reinante en el Centro Atómico de Bariloche. Me quedó de esa época una rica experiencia, porque fue un trabajo desarrollado desde su origen; porque no era una línea de investi­gación ya existente, sino que el tema implicaba una línea totalmente nueva en el país. Y la pudimos hacer con el apoyo del doctor Alberto Caneiro de la CNEA y el doctor Tomás Buch. Ellos fueron mis di­rectores.

— Usted fue uno de los protagonistas de la venta del reactor a Australia, ¿no es así?

— Sí. En 1999, Australia se encontraba en pleno concurso internacional para la com­pra de un reactor nuclear de investigación. El concurso contenía requerimientos muy específicos de la ANSTO, la “Australian Nuclear Science and Technoloy Organisation”, que es quien rige la actividad nuclear en ese país. Entre otras cosas, exigía una propuesta técnica sobre los métodos a aplicar a los combustibles nucleares, una vez que los mismos estuvieran agotados. Es allí donde par­ticipé. Para nosotros fue como devolver de alguna manera lo que el país nos dio a través de nuestra formación en la universidad pública. Y bueno, salió bien.

— ¿En qué consistió ese aporte?

— Creo que hicimos un aporte significativo a que Argentina ganara aquella licitación. Porque en ese punto donde trabajamos, ni Fran­cia, ni Canadá ni Alemania pudieron presentar una pro­puesta superadora. La propues­ta tenía componentes técnicos que mostraban que, de ser aplicada, se podrían reducir los volúmenes de materiales ra­diactivos.

— ¿Cómo llegó a ocupar la presidencia del Instituto de Energía de la CNEA?

—El Instituto es como el brazo técnico del Acuerdo Marco que suscribieron la CNEA y la Secre­taría de Energía en 2002. Por entonces, yo trabajaba en el campo de los combus­tibles gastados y además estaba incursionando en el tema Hidrógeno. Quizás por eso, el doctor Abriata —que entonces presidía la CNEA— me convocó a organizar el Instituto.

— ¿Cuál es el panora­ma energético en la Argenti­na?

— El tema energía es un tema complejo, porque tiene aristas económicas, políticas, técni­cas, ambientales e impacta directamente en la calidad de vida de los ciudadanos. Es obviamente imprescindible disponer de ella a un valor económico accesible; tiene que estar disponible cada vez que la necesitamos y tiene que ser abundante para que la econo­mía del país crezca. Toda la industria hoy está sustentada en tener calidad de energía y a buen precio. Pero cuando hablamos de energía, no nos referimos únicamente a la energía eléc­trica; hablamos también de la energía calórica, de la energía para el transporte, de los com­bustibles. Sin energía volvemos a la Edad de Piedra.

— Hoy, por ejemplo, arrecian las críticas a las energías fósiles…

— Se vierten a diario opiniones basadas en concepciones equivocadas, que son simplistas y no tratan el tema con seriedad. Tienden a simplificar, y con eso a generar errores en la concepción de la gente. Al menos, en el nivel del conocimiento de lo que quere­mos para nuestra Argentina.

— ¿En qué sentido?

— Es que no hay ni energía buena ni energía mala. Hoy se condena a la energía fósil, pero si no fuera por ella no hubiéramos alcanzado el desarrollo que hoy tenemos, hubiéramos postergado más de cien años el crecimiento de la economía mundial y la calidad de vida. Creo que las energías cumplen un rol en la vida de toda sociedad. Hoy debemos asignar roles a otras energías, nuevos roles adaptados a las necesidades mundiales y a la protección del ambiente. Y si bien la energía fósil cumplió con su rol, lo cierto es que todavía no esta­mos preparados en el mundo para descartarla.

— También la energía nuclear está cuestionada…

— Al hablar de energía nuclear debemos desprendernos de su origen, de cómo se hizo conocer al mundo. Es decir, imagi­nemos que el fuego se hubiera originado —como de alguna manera sucedió— atacando a la naturaleza, hasta que un audaz lo capturó para beneficio de la humanidad. La energía nuclear tiene un poco esa concep­ción en las personas: nació con la bomba de Hiros­hima o con la cues­tión de Chernobyl. Porque eso es lo que queda en el imaginario popular. Pero también, al igual que el fuego, su uso y control permite producir energía eléctrica y nos brinda diversas aplicaciones en el campo de la salud y la indus­tria.

— La idea sería como desmitificar la supuesta “maldad” de una fuente de energía.

— Hay que evitar teñir a los distintos tipos de energía de un color verde, otra de un color negro, otra de un color amarillo. Creo que cada nación debe tener la matriz energética que más le convenga, de acuerdo a sus recursos y a su situación. Nosotros tenemos que aprovechar nuestros propios recursos naturales y nuestras venta­jas comparativas. Entre ellas, la energía nuclear, que en nuestro país se desarrolla desde la década de los 50 con fines pacíficos.

— ¿Y cuáles son las desventajas?

— Los residuos radiactivos, un inconveniente sobre el que se está continuamente investigando en todo el mundo. Se estudia la posibilidad de redu­cir o eliminar los residuos más radiactivos, sobre la base de una idea con la cual ya soñaban los alquimistas: transfor­mar un elemento en otro; lo que en la jerga científica se deno­mina “transmutar”. El principio es sencillo de entender: un determinado elemento radiac­tivo se retira de un reactor y luego se lo bombardea con un neutrón, que es una partícula subatómica, para transformarlo a un elemento no radiactivo. Esta teoría tiene un sólido sustento científico, pero entre la teoría y la prácti­ca existe un largo camino a recorrer.

— ¿La Argentina trabaja en transmutación?

—La Argentina incur­sionó en este tema hacia fines del siglo 20, pero con motivo del bajo presupuesto que tuvo la actividad nuclear en la década del ´90, algunas líneas de investigación se suspendieron transitoriamente; entre ellas la transmutación. En la actualidad, la CNEA está recuperando lentamente investigaciones que fueron aletargadas en ese período.

— ¿La Argentina enfrenta una crisis de profesionales en el área nuclear?

— En este tema hay que tener presente que la actividad en Ciencia y Tecnología tiene una inercia. El fruto de una inicia­tiva requiere varios años para verse concretada. Por ejemplo, para que un profesional obten­ga una licencia nuclear, que lo capacita para actuar en una instalación nuclear, le exige muchos años de dedicación. Yo, por ejemplo, tuve 6 años de carrera y 5 años de doctora­do: estudié casi 12 años. Des­pués dediqué 10 años más a la investigación. En total, casi 22 años para estar en condiciones de dirigir investigaciones y participar en el proyecto de Australia.

— Así y todo, seguimos siendo un país muy competitivo.

— Le respondo con una pregunta. ¿Por qué Ar­gentina le gana una licita­ción a Estados Unidos o a otros países? Una respuesta podría ser que a esos países no les interesa. Pero eso no es cierto, como se evidencia por los miles de millones de dólares que esos go­biernos asignan al tema nuclear. Nosotros no te­nemos esos pre­supuestos. Pero entonces, ¿cuál es la diferencia qué convirtió a Argentina en un referen­te en el tema nuclear? Está en la materia gris.

— Pero el Instituto Balseiro vie­ne capacitando especialistas desde hace muchos años…

Es cierto. En muchos temas existen los recursos y lo que hay que hacer es recaptarlos: un ingeniero nuclear egresa­do del Instituto Balseiro es sumamente codiciado por las empresas privadas porque, además de sus conocimientos específicos, conjuga otros ele­mentos en su formación, que tienen que ver con la mate­mática, con la ingeniería, con herramientas computacionales, con la capacidad de concebir proyectos y gestionarlos. Son muy codiciados y una vez for­mados, la CNEA no los puede retener porque no puede competir en salarios.

El único elemento atractivo que tenemos para que se queden es decirles “acá te vas a capacitar mejor”, porque tenemos posibilidades de brin­darle oportunidades, de seguir aprendiendo, de completar su formación profesional.

— ¿Y qué sucede hoy?

— Hoy la CNEA ha recuperado su horizonte, es una oportu­nidad valiosa que a mí y a muchos nos entusiasma, pero tenemos que tener herramientas, y algunas nos están faltan­do. Si hoy me toca emprender, cuando analizo la fuerza operativa que tengo entro en dudas. Porque me digo: “En dos años se me va a jubilar este especialista y en tres este otro. ¿Cómo los reemplazo? ¿Se va a quedar el proyecto a mitad de camino?”. Entonces, tengo que decir: “señores, nos está faltando este apoyo; este recurso humano lo necesita­mos y también para captarlo tenemos que ofrecer buenos salarios”. Podemos postergar el inicio de un proyecto un mes, dos meses, un año, dos años. Pero el que se perjudica es el país.

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