
La sobrecarga laboral, las exigencias emocionales y los cambios de hábitos son auna combinación riesgosa que incrementó las consultas médicas y elevó el riesgo de eventos cardíacos. Especialistas advirtieron sobre síntomas, factores de riesgo y claves de prevención.
Por Florencia Belén Mogno
El cierre del año y el comienzo de una nueva etapa se condolidan como un período de alta exigencia física y emocional para amplios sectores de la población. La acumulación de tareas pendientes, los balances personales y laborales, y la presión por cumplir objetivos en plazos acotados configuraron un escenario propicio para el aumento del estrés, un fenómeno que tendió a naturalizarse pese a sus consecuencias sobre la salud.
En ese contexto, el estrés se expresa como una combinación de cansancio, ansiedad y tensión sostenida que impactó de manera directa sobre el organismo. Si bien muchas personas minimizaron estos síntomas, distintos estudios clínicos y la práctica médica cotidiana reflejaron un incremento de consultas vinculadas a malestares físicos asociados al estrés, especialmente en las últimas semanas del calendario.
En ese sentido y de acuerdo con la información a la que accedió Diario NCO, la salud cardiovascular apareció como una de las principales afectadas por este fenómeno. El corazón, sensible tanto a los cambios biológicos como emocionales, respondió a la sobrecarga con alteraciones que, en determinados casos, derivaron en cuadros de mayor gravedad, sobre todo en personas con factores de riesgo preexistentes.
Cuando el estrés demanda atención urgente
Desde la mirada médica, el informe planteó que el estrés no fue considerado un enemigo en sí mismo. En niveles moderados, funcionó como una respuesta natural del cuerpo ante desafíos puntuales, con aumentos transitorios de la frecuencia cardíaca y la presión arterial. El problema surgió cuando ese estado de alerta se sostuvo en el tiempo y el organismo no logró recuperar el equilibrio.
De acuerdo con especialistas en cardiología, durante el tramo final del año y comienzo de uno nuevo, se observó con mayor frecuencia la aparición de síntomas como insomnio o sueño no reparador, palpitaciones, cefaleas tensionales, aumentos de la presión arterial y una sensación persistente de agotamiento extremo. En muchos casos, estos cuadros no respondieron a un episodio aislado, sino a la acumulación de meses de sobrecarga laboral y emocional.
El exceso prolongado de hormonas como el cortisol y la adrenalina generó un impacto negativo sobre el sistema cardiovascular. Entre sus efectos se destacaron la taquicardia, las alteraciones del ritmo cardíaco y procesos inflamatorios que favorecieron la acumulación de colesterol en las arterias, elevando el riesgo de hipertensión, arritmias y enfermedad coronaria.
Grupos más expuestos y señales de alerta
Si bien el estrés afecta de manera transversal, los especialistas advirtieron que algunos grupos presentan una mayor vulnerabilidad. Personas con hipertensión, diabetes, colesterol elevado, antecedentes de enfermedad coronaria o accidente cerebrovascular, obesidad o sedentarismo marcado integran el segmento de mayor riesgo frente a estos cuadros.
En estos casos, los picos de estrés actúan como desencadenantes de descompensaciones o eventos cardiovasculares graves. La combinación entre factores biológicos y emocionales incrementa la probabilidad de complicaciones, lo que refuerza la necesidad de prestar atención a las señales que el cuerpo manifestó.
Entre los síntomas que requieren consulta médica se incluyen el dolor o la presión en el pecho, la falta de aire, los mareos, las palpitaciones persistentes y una fatiga inusual. La tendencia a normalizar estos malestares retrasa en muchos casos la búsqueda de atención profesional.
El burnout como expresión extrema del agotamiento
Dentro de este escenario, el síndrome de burnout se consolida como una de las expresiones más severas del estrés crónico. Este cuadro, caracterizado por un agotamiento físico y emocional profundo, trasciende el ámbito laboral y afecta el descanso, la alimentación, los vínculos personales y la salud cardiovascular.
Desde el punto de vista clínico, el burnout combina tres componentes principales: agotamiento persistente, desconexión emocional o irritabilidad, y una marcada pérdida de motivación y eficacia. Esta combinación mantiene al cuerpo en un estado de alerta permanente, con aumento sostenido de la presión arterial y de la frecuencia cardíaca.
Especialistas señalaron que este estado configura una verdadera “tormenta perfecta” para el corazón, al favorecer cambios metabólicos asociados al aumento de peso y del colesterol. Y como resultado, el riesgo de enfermedad coronaria se incrementa de manera significativa en personas expuestas a este tipo de estrés prolongado.
Hábitos de fin de año y una carga acumulativa
Por otra parte, el estudio indicó que el crecimiento de estos cuadros hacia fin de año responde a múltiples factores. A la sobrecarga laboral se sumaron la reducción del descanso, con jornadas más extensas y menos horas de sueño, y los cambios de hábitos típicos de las Fiestas, como el mayor consumo de alcohol, comidas pesadas y una disminución de la actividad física.
A esto se añadieron las demandas emocionales propias de los reencuentros familiares, los compromisos sociales y los balances personales que caracterizaron el cierre del año. Este conjunto de tensiones impactó de manera directa sobre el sistema cardiovascular, que respondió al estrés sostenido con mayores exigencias funcionales.
La costumbre de acostumbrarse al malestar apareció como uno de los principales riesgos. La normalización del cansancio extremo, la mala alimentación y la falta de descanso llevó a que muchas personas minimizaran señales de alarma y postergaran la consulta médica hasta que los síntomas se volvieron intensos o persistentes.
Prevención y cuidado del corazón
Frente a este panorama, los especialistas remarcaron la importancia de reforzar las medidas de autocuidado, entendiendo que la salud cardiovascular también dependió del bienestar emocional. Reconocer cuándo el estrés desbordó y tomar decisiones a tiempo resultó clave para evitar complicaciones.
Entre las recomendaciones se destacó la necesidad de escuchar al cuerpo y no minimizar síntomas, ordenar prioridades y aceptar que no todo debía resolverse antes de fin de año, recuperar el descanso con entre siete y ocho horas de sueño, cuidar la alimentación y limitar los excesos, sostener la actividad física regular y preservar espacios de desconexión.
Finalmente, se subrayó la importancia de pedir ayuda y no atravesar estos procesos en soledad. El estrés y el burnout, lejos de ser solo un problema psicológico, se consolidaron como una cuestión de salud cardiovascular que requirió atención integral y preventiva, especialmente en un período del año marcado por la exigencia y la sobrecarga emocional.
Fuente fotografías: redes sociales.
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