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“Un día sin medicación puede tirar todo para atrás”

Medicación. “Un día sin medicación puede tirar todo para atrás”
Medicación. “Un día sin medicación puede tirar todo para atrás”

Verónica Mottet es la mamá de Isabella Simonetti, las protagonistas de una familia que está pasando por una situación de emergencia. Tras el trasplante cardiaco de su hija de 11 años, IOMA las está haciendo pasar un calvario. Denunció demoras, falta de respuestas y un sistema que pone en riesgo la salud de sus pacientes afiliados.

Por Giuliana Salmonte Siciliano
Gmail: giulianasalmontesiciliano@gmail.com

La historia de Isabela Simonetti es la de una nena que, hace tres años, de un simple resfrío derivó en una miocardiopatía dilatada: un virus atacó su corazón y destruyó parte del tejido cardíaco. La gravedad del cuadro obligó a una internación en terapia intensiva en el ex Casa Cuna y, luego, a su derivación al Hospital Garrahan.

En febrero de 2023, el diagnóstico fue que el tejido dañado no se regeneraría y la única alternativa era un trasplante de corazón. Los médicos la inscribieron en el INCUCAI y durante meses Isabela permaneció en emergencia nacional, a la espera de un órgano compatible. Finalmente, en junio de ese año, llegó el trasplante. La cirugía fue exitosa y el proceso inmediato no presentó complicaciones, en gran parte gracias al trabajo del Garrahan, que incluso actuó con autonomía ante posibles falencias de la obra social.

Sin embargo, el verdadero calvario comenzó después. Tras el alta médica, el eje pasó a ser el acceso a la medicación indispensable para sostener el trasplante. Al inicio, Isabela debía tomar 17 medicamentos diarios; hoy, toma 11 pastillas por día, cada 12 horas. Entre ellas, los inmunosupresores —como el tacrolimus— son centrales y los debe tomar de por vida para evitar el rechazo del órgano.

Durante un tiempo, el sistema respondió de manera aceptable. Hubo episodios propios del postrasplante, bajones vinculados a la médula ósea y tratamientos específicos que fueron cubiertos, pero a mediados del año pasado, Verónica empezó a notar señales de alarma: demoras en las auditorías, renovaciones que tardaban más de lo habitual y autorizaciones que solo se conseguían recurriendo a contactos.

La situación se agravó en septiembre. En lugar de entregar la cantidad habitual de recetas, la obra social redujo la cobertura sin explicación. Las entregas comenzaron a espaciarse y la medicación que llegaba era lo justo y necesario. El punto de quiebre fue el 5 de enero, cuando Verónica cargó la receta y el inmunosupresor nunca llegó. En la farmacia le informaron que había retrasos y que debía reclamar en IOMA. Allí recibió respuestas raras: cambios de laboratorio, demoras generales y falta de pago.

El dato más grave fue confirmado por una delegada: la medicación estaba retenida porque el laboratorio no había cobrado. Para Verónica, IOMA desfinancia la salud de sus afiliados y los deja cautivos de un sistema del que no pueden salir. “Un día sin medicación puede tirar todo atrás”, advirtió y remarcó que el tacrolimus no tiene efecto residual y que la interrupción del tratamiento puede ser letal.

Cansada, angustiada y agotada, decidió visibilizar el reclamo, por su hija y por todas las familias que atraviesan situaciones similares. Con certificado de discapacidad otorgado por el INCUCAI, el cual está informado de lo ocurrido, Verónica exige algo básico: que Isabela reciba su medicación en tiempo y forma, sin obstáculos ni excusas.

IOMA y la falta de respuestas a los afiliados

El caso de Isabela no es aislado. Cada vez son más los afiliados que denuncian demoras en autorizaciones, faltantes de medicamentos y una burocracia que pone en problemas tratamientos urgentes. Las explicaciones se repiten: auditorías atrasadas, cambios administrativos o problemas de pago con laboratorios y prestadores.

Esta situación coloca a pacientes crónicos, trasplantados o con discapacidades en una vulnerabilidad extrema. Al tratarse de una obra social obligatoria para, muchos no tienen la posibilidad de migrar a prepaga.

La consecuencia directa es un sistema que empuja a las familias al desgaste permanente: reclamos constantes, coseguros cada vez más altos y especialistas que dejan de atender por falta de pago.

El día a día de Isabela después del trasplante

La vida cotidiana de Isabela está atravesada por una rutina estricta. Todos los días toma 11 pastillas, divididas en dos tomas. Los inmunosupresores son irremplazables: protegen el corazón trasplantado y evitan que su propio cuerpo lo rechace.

A eso se suman cuidados en la alimentación, controles médicos permanentes y una vigilancia constante ante cualquier síntoma. No se trata solo de medicamentos, sino que es un modo de vida que impacta en toda la familia.

Para Verónica, la angustia no es sólo médica, sino emocional. Saber que una demora administrativa puede poner en riesgo todo lo logrado tras años de lucha es una carga diaria. “No es un privilegio tomar la medicación, es una necesidad vital”, sentenció.

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