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Nuestra sociedad  en riesgo: ¿por qué la gente sale a la calle?

Nuestra sociedad  en riesgo: ¿por qué la gente sale a la calle?.

A pesar de las advertencias del Gobierno y de las constantes noticias de aumento de casos de Covid 19, seguimos viendo como las plazas y las calles rebozan de personas (algunas sin barbijo o cuidado alguno) y cabe preguntarse por qué  la gente sale a pesar del riesgo.

Es importante agregar otros factores determinantes al contexto de la pandemia. La crisis económica es uno de ellos, ya bastante analizado por los medios, pero hay otros.  Desde hace unos años los argentinos estamos viviendo una realidad crítica con respecto a la política, la justicia y las instituciones que las representan.

Todas estas, representan al Estado, como el gran articulador simbólico de nuestra sociedad. Esta crisis institucional ha cuestionado la eficacia de las funciones e incumbencias del Gobierno actual y del Estado como su respaldo simbólico, haciéndolo “poco confiable” a los ojos de  un número incontable de ciudadanos, que prefieren optar por cualquier otro discurso, antes que otorgar confianza al gran Otro social, que se muestra cada vez más abandónico.

Es decir, la gestión política actual ha sabido mostrar muchas de sus bajezas en estas últimas semanas. Han enfocado su agenda en dirimir sus discusiones partidarias en las redes sociales, en desmentir los hechos de inseguridad graves y las dificultades habitacionales que los ciudadanos arrastran desde hace décadas; a su vez, han generado  escándalos políticos penosos y vergonzosos, delante de los ojos de todo el mundo.

Frente a esta situación ¿cómo los ciudadanos podrían tener confianza en un Estado que ha sostenido una estructura con representantes tan decadentes? ¿Qué podemos esperar en sus aseveraciones si son ellos mismos los que transgreden las normas que pretenden imponer? Enfocan sus fuerzas en aparentar avances en materia de aprendizaje, género y seguridad, cuando los hechos concretos evidencian daños profundos en estos ejes, en la trama social.

La promesa perdida

Cuando el horizonte se vuelve adverso comienzan a perderse los códigos que sostienen la subjetividad de los individuos. Un número incontable de personas tiende a autoconservarse en el sentido más biológico del término, perdiendo de vista la importancia de la preservación de las subjetividades, de la cultura y del entramado simbólico que sostiene a la sociedad. Es decir, se descuida a la comunidad.

En su lugar aparece la fragmentación, la descomposición del entramado social en figuras que aparecen como elementos desanudados del sistema, altamente violentos y peligrosos; enlazados, quizás a formas retóricas desprovistas de enunciados comunitarios, discursos sobrecargados de odio y desprecio por el prójimo.

La angustia y el miedo son las consecuencias inmediatas de la desconfianza que se le tiene a la palabra del estado, desconfianza que es el producto de la contienda constante y casi perpetua de lo que algunos llaman “la grieta”, manifestación de la lógica partidista más cobarde, en el punto donde  los representantes políticos solo atinan a echarse culpas y criticarse en lugar de asumir responsabilidades sobre lo logrado y lo que merece ser trabajado.

Comienzan a tomar fuerza diferentes discursos adyacentes, anteriormente despreciados. Enunciados vacíos que solo critican y desmienten todo, pero que jamás hacen o proponen algo.

Por ejemplo, la validez del discurso de la ciencia médica ahora está fuertemente criticada, la importancia del cuidado del otro (del que tenés al lado) ya no es contemplada, la sobrevaloración de las libertades individuales en detrimento de la responsabilidad social pareciera ser la única norma.

Lejos quedó el tiempo en el que se aplaudían a los médicos en las casas, ahora yacen muertos unos cuantos, tirados en el suelo, lanzando su último estertor, luego de haber sido culpabilizados por los representantes de una sociedad que no es capaz de la autocrítica y de la responsabilidad, de sus aciertos y errores.

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