Número de edición : 8918

La Matanza

El huevo de la serpiente

Cuando se producen estallidos de protestas en el mundo y muy especialmente en nuestro continente,  inmediatamente la prensa hegemónica y los voceros del poder económico comienzan a despotricar contra sus protagonistas y a demonizarlos concienzudamente, pero jamás se detienen a analizar las causas que los originaron, entre otras cosas, porque saben que es precisamente ese poder el que los provoca con su accionar violento y despiadado. 

Hay una clara excepción a esa regla y es el caso venezolano, donde no se menciona ni se critica la violencia que a la vista de todo el mundo ejerce la oposición contra un gobierno elegido democráticamente y contra  sus seguidores, porque justamente allí es donde el poder imperial ataca con mayor virulencia, ya sea porque se trata de un importante productor de petróleo o porque  se propone sepultar para siempre la experiencia chavista.

Exactamente lo mismo ocurría aquí en Argentina cuando los cacerolazos contra el gobierno kirchnerista exhibían un grado de violencia simbólica y de intolerancia inusitado, que hubiera merecido cataratas de  reproches mediáticos de haber sido manifestaciones oficialistas y no opositoras, según la doble vara de ponderación de los hechos y protagonistas políticos, que ya es una inveterada costumbre de los medios de comunicación dominantes.

Desde hace ya bastante tiempo asistimos azorados  como en toda Latinoamérica el neoliberalismo ataca sin piedad a aquellos pueblos que se animaron a enfrentarlo y muy especialmente a sus líderes, sobre los cuales se hace tronar el escarmiento más feroz. Brasil es el ejemplo más claro de ello, pero no el único, Venezuela hace mucho tiempo que está soportando un ataque inusitado para un régimen democrático, Bolivia lo sufrió mucho antes y hasta ahora ha podido contralarlo,  y en la Argentina la venganza de clase y la sumisión neocolonial alcanza ya ribetes francamente escandalosos y promete profundizarse cada vez más.

Habiendo tomado nota de la historia reciente, el poder económico no recurre ya a las fuerzas armadas para desestabilizar o voltear gobiernos nacionales y  populares, sino que  a través de mecanismos pseudo democráticos, que sólo son factibles en virtud de la corrupción y  la traición de demasiados políticos, periodistas, jueces, fiscales, intelectuales y dirigentes sindicales, sigue procurando, con bastante éxito hasta ahora, conseguir los mismos objetivos golpistas que antes lograban mediante el uso ilegal de aquellas fuerzas,   mientras mantienen distraídas e ignorantes a  grandes capas de la población a las que han logrado anestesiar de tal modo que incluso han apoyado con sus votos agrupaciones políticas que no sólo no las representan genuinamente, sino que gobiernan o cogobiernan en contra de los intereses nacionales y populares.

La ilegalidad, virulencia e intolerancia con que se está llevando descaradamente  a cabo este ataque masivo a los pueblos latinoamericanos que no han seguido en los últimos años los dictados de los centros mundiales y regionales de poder y que aún sin haber protagonizado experiencias drásticamente revolucionarias, sino meramente reformistas y progresistas, lograron alcanzar razonables niveles de progreso humano a la par que conseguían aceptables resultados económicos, con sólo haberse apartado temporariamente  de esos dictados,  nos obliga a preguntarnos si el inexplicable odio revanchista que han provocado esas experiencias de autonomía nacional y popular es sustentable en el tiempo, las sepultará para siempre dejando a los pueblos a la más cruda intemperie o si sólo están incubando con ello el huevo de la serpiente  de un nuevo ciclo de indeseable violencia en Latinoamérica.  El uso cada vez más frecuente de poderosos contingentes represivos armados con los más sofisticados avances en la materia y la ínfima llovizna de inversiones que sustituyó al anunciado diluvio parece indicar que algunos ya tienen la respuesta.

Artículos Relacionados

Volver al botón superior